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La princesa de las aguas
Cuenta una vieja leyenda, que en las aguas de las costas gallegas, cerca de tantos lugares hechizados con meigas y conjuros, se aparece a los viajeros cansados una dama de cabellos relucientes. Muchos la han clasificado de ángel. Otros dicen que posee un encanto sólo propio de las brujas del lugar. Atribuyen su belleza a la magia negra y las prácticas de conjuros. Algunos creen que es una sirena, que su voz sólo puede provenir del fondo del mar. Pocos han sido los afortunados de poderla contemplar con sus propios ojos. Se cree que aparece ante almas descarriadas. A personas que buscan incesantemente un lugar donde reposar sus ilusiones, y olvidar sus penas. A gentes errantes que se acercan al mar buscando en sus olas la eternidad, y tal vez, ¿por qué no? las respuestas a sus anhelos. Es entonces cuando de la nada, entre una ola y otra, entre las gotas de agua que salpican desde las rocas hasta el infinito, aparece una ninfa de cabellos dorados y unos ojos en los que se pierden las debilidades. Y entre gota y gota, sonríe, dejando oír una risa que enmudece el canto de las sirenas. Y en esa melodía te parece ver el final de todo, un largo viaje, y unas alas revolotear. Pero pasa fugaz, como un destello, a la vez que deja una imagen esculpida en los ojos de quien la logra ver. Se dice que su pelo huele a sal, y su piel es del color del horizonte. Y que de su boca se pueden leer todas las historias de amor que se imaginen. Su presencia viene acompañada de una brisa que despeina los cabellos, y despeja las ideas, y logra, por aferrados que estén, llevarse consigo los problemas. Un anciano pescador recientemente logró, tras un duro día de trabajo, contemplar en el muelle a la dama, a la que dio el nombre de "princesa de las aguas". Ese mismo día aseguro haber dejado de sentir el peso que le aprisionaba el corazón, aplastado por la vejez y la soledad. "Hoy ya puedo morir con una sonrisa". El anciano no amaneció, y efectiva mente, en sus labios se podía leer la felicidad. Al fijarse bien, lograron ver en sus pupilas, la imagen esculpida de esa chica a la que él llamo princesa de las aguas. Había quedado grabada en el inmenso mar de los ojos azules de un anciano feliz.-

DESCONOZCO AUTORÍA:)

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El día en que llegaste al cielo,

El día en que llegaste al cielo, no paraban de cantar los ángeles  tu melodía Alondra mía, Dios al oírlos  cantar se sentó junto a ellos, sus ángeles, cantan aquello y les sonríe sin motivo alguno.  Mueve la cabeza como diciendo que son como niños,   luego te llama por tu nombre,  y te ves tan llena de luz Alondra.  Atrás quedó la oscuridad, al fin eres libre,  eres tú madre, ya no te falta nada, ahora eres amor infinito, me hubiera gustado tenerte así a mi lado, pero dios quiso  llevarte y ya ves,
aquí estoy tan solo imaginándote al son de una guitarra y una pluma.

NORMY(r)

En mi jardín hay rosas:

Yo no te quiero dar  las rosas que mañana...  Mañana no tendrás.
En mi jardín hay pájaros  con cantos de cristal:  No te los doy, que tienen  alas para volar...
En mi jardín abejas  labran fino panal:  ¡Dulzura de un minuto...  no te la quiero dar!
Para ti lo infinito  o nada; lo inmortal  o esta muda tristeza  que no comprenderás...
La tristeza sin nombre  de no tener que dar  a quien lleva en la frente  algo de eternidad...
Deja, deja el jardín...  no toques el rosal:  Las cosas que se mueren  no se deben tocar.
Dulce María Loynaz  fue una de las poetisas  más importantes  tanto en su tierra como en el mundo entero;  nació en la ciudad de La Habana  el 10 de diciembre de 1902  y falleció allí también el 27 de abril de 1997. 

Madre Tierra*

No Puedo No puedo cerrar mis puertas ni clausurar mis ventanas:
he de salir al camino donde el mundo gira y clama,
he de salir al camino a ver la muerte que pasa.
He de salir a mirar cómo crece y se derrama sobre el planeta encogido
 la desatinada raza que quiebra su fuente
 y luego llora la ausencia del agua.
 He de salir a esperar el turbión de las palabras
 que sobre la tierra cruza y en flor los cantos arrasa,
 he de salir a escuchar el fuego entre nieve y zarza.
 No puedo cerrar las puertas ni clausurar las ventanas,
el laúd en las rodillas y de esfinges rodeada,
puliendo azules respuestas a sus preguntas en llamas.
Mucha sangre está corriendo de las heridas cerradas,
mucha sangre está corriendo por el ayer y el mañana,
y un gran ruido de torrente viene a golpear en el alba.
Salgo al camino y escucho,
salgo a ver la luz turbada;
un cruel resuello de ahogado sobre las bocas estalla,
 y contra el cielo impasible se pierde en nubes de escarcha.
Ni en el fondo de la noche…